Los bailarines se apoderan de un escenario sencillo y sin mayores elementos, envueltos en trajes formales para los hombres y en camisas largas y ceñidas para las mujeres. Por su lado, Centeno materializa la censura de las palabras a través de una cinta adhesiva que cohesiona la pieza y a sus bailarines, que intervienen con movimientos en ocasiones provenientes de la danza clásica. "A veces dicen que es mejor callar que hablar. Que las palabras se tiran al vacío cuando en el silencio se dicen muchas cosas", sostuvo el costarricense. En esta parte, las bailarinas portan vaporosos vestidos cortos de encaje que prolongan sus movimientos y su lucha contra las prohibiciones que propone la coreografía. Para Centeno, esta obra proviene de todo lo que ha vivido en su infancia, adolescencia y madurez, donde los silencios eran muchas veces exigidos y la libertad de decir lo que uno piensa se dejaba de lado. Rina Barrantes, primera bailarina del Ballet Nacional, señaló a Efe que ha sido un reto captar la esencia de ambos coreógrafos que trajeron una propuesta distinta a la que estaba acostumbrada como danzante clásica. "Su coreografía es muy atlética, muy difícil de realizar pero felizmente con ensayos hemos podido (hacer) lo que Fernando (Hurtado) quería de nosotros. En el caso del maestro Centeno, creo que la propuesta que él nos trajo es mucho más profunda... nos propuso un movimiento muy distinto, una cualidad para nuestro cuerpo muy diferente a lo que estamos acostumbrados", sostuvo Barrantes.
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