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Abren la puerta y dicen mi nombre. Ingreso a una salita pequeña donde hay una camilla con una sabana blanca y sin más la enfermera me ordena que me quite toda la ropa. Pero porqué toda la ropa si yo vengo por un problema en el seno, refuto. Lo sé, pero usted tiene que quitarse la ropa para que el médico la examine. Pero que me examine el seno. Yo no me voy a quitar la ropa. Terca y porfiada, solo me quito la blusa y el sostén, y me quedo parada. Insisto en no desnudarme, que me parece absurdo. Me suena a ese chiste famoso del dentista que le dice a la chica bella (no es mi caso) que se quiete la ropa para revisarle la muela. La enfermera pierde la paciencia y me urge a desvestirme, que el médico no me atenderá y que voy a perder la cita. Nada me convence. En ese tira y afloja llega el médico, un señor viejo de mandil percudido que se extraña al verme parada cubriéndome los pechos con la bata que me han dado. La enfermera le cuenta que no quiero quitarme la ropa y el médico, más convincente, me da razones. Tenemos que examinarle todo el cuerpo para saber si no hay problemas en otros órganos.

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